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El cine venezolano tuvo en sus manos a unos de los mejores creadores de arte visual sin saber qué hacer con tanto potencial

Crédito: curadas.com
Diego Rísquez

Diego Rísquez fue emblema y referencia cuando se trata del cine venezolano, comenzó con lo básico produciendo con aquello que tenía en sus manos, así fue desarrollando su cine experimental, para llegar a ser uno de los más grandes de Venezuela. En su honor se crearon premios para galardonar el talento cinematográfico del país, un personaje que no necesita las palabras, solo con observar todos sus trabajos se puede apreciar quién fue verdaderamente.

Diego Rísquez Cupello nació el 15 de Diciembre de 1949 en Juangriego, Nueva Esparta, tuvo 3 hermanos, venía de una familia sabía. Hijo de un médico venezolano conocido y respetado, el doctor Rafael Rísquez Iribarren, maestro y presidente de la Academia Nacional de Medicina y de la Federación Médica Venezolana, su madre, Angelina Cupello fue cantante de ópera, a quien Diego le daba el papel predominante en su ADN, por compartir con él esa sensibilidad del arte que por un tiempo no supo escuchar.

El cine experimental de Diego Rísquez

Diego fue un ser humano sincero, sin temor a demostrar sus excentricidades, con mucho orgullo patrio, pero sobre todo, con lealtad a sus ideales, lo que le permitió desde sus inicios crear trabajos audiovisuales inigualables. Lo complicado fue que descubriera que el cine era su verdadera pasión, estudió Derecho por varios años y no lo finalizó, luego se decidió por Sociología, quién sabe, quizás así lograría entenderse a sí mismo por medio de la humanidad, pero tampoco lo consiguió, cuando finalmente entró a estudiar Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello, comenzaba a sentirse en casa.

Aunque tenía sus dudas, la revelación llegó en su primera obra de teatro, en la que se negaba a participar pero el profesor insistió y una vez dentro, la actuación se volvió para Rísquez algo fundamental, lo que le hizo sentirse finalmente en un terreno al que podía pertenecer, fue su entrada al universo artístico y solo “por tener un perfil” que encajaría con Hamlet, por allá en 1971. Durante esta época fue estudiante y actor en obras callejeras sin guiones, o algunas con títulos como “Bodas de sangre” y “Los mendigos”.

La actuación casi lo convence para solo dedicarse a ella, pero nunca la negó, de hecho su amor por ella le permitió participar en sus propias producciones o de otros directores de teatro y cine, incluso hizo un cameo de pintor en Miranda (2006). A su vez creó un grupo de cine con compañeros de clases, se llamaron “Grupo Semilla”, con quienes filmaron con un 16mm “Siete notas”, en esa obra colaboró en la realización del guion y por supuesto, tuvo el papel de protagonista.

Tuvo una vida muy versátil y movida, acompañada por el arte en todos sus pasos. En Francia estuvo como actor, fotógrafo en Italia y así fue como formó amistades, tal es el caso de Jack Smith (pionero del cine underground y del que luego aplicaría varios elementos), quien contrató a Diego como fotógrafo para “La historia de Roma”. Toda esta experiencia le daría la visión de los ángulos de manera muy peculiar, lo que le haría ser ese “pintor con la cámara” que tantos admiraron.

Siempre fue cuidadoso con la estética, eso lo caracterizó, trabajó mucho en los arreglos visuales para que el escenario fuera perfecto, podía pasar horas preparando un ambiente que solo funcionaría en una toma de pocos minutos, pero así era, le gustaba el arte que transmitía. Como director perfeccionaba cada detalle, en 1976 comenzaba a realizar trabajos más largos y propios, como “A propósito de Simón Bolívar” (1976) donde naturalmente el mismo Rísquez actuó y “Poema para ser leído bajo el agua” (1977).

Diego fue un artista en todos los aspectos

Entre los años 70 y 80 el cine de Diego era caracterizado por su trabajo grabado en una Super-8, fue su sello personal en cortometrajes como “Radiografías de naturalezas vivas” (1977), “A propósito de la luz tropikal, homenaje a Armando Reverón” (1978), “A propósito del hombre del maíz” (1979), así como las películas “Bolívar, sinfonía tropikal” (1980) y “Orinoko, Nuevo Mundo” (1984). Todos estos, o su mayoría, se reprodujeron en diversos lugares del país, pero los premios fueron para “Bolívar, sinfonía tropikal” en Caracas y Mérida, así fue como Rísquez tuvo la posibilidad de asistir dos veces a la Quincena de Realizadores, un evento independiente paralelo al Festival de Cine de Cannes.

Con “Bolívar, sinfonía tropikal” partió la trilogía americana, seguida por “Orinoko, Nuevo Mundo” (1984) y “Amérika, terra incógnita” (1988), donde las tres le dieron la posibilidad a Diego de asistir al Festival de Cannes para ser exhibidas, las cuales serían proyectadas en Francia y Nueva York. Con unos inicios tan brillantes, no podía surgir menos que grandes producciones comerciales para su propio país, que le dieron el apoyo que no había tenido desde que desarrolló su profesión, “Manuela Sáenz” (2000), “Reverón” (2011) a quien muchas veces demostró admirar y “El malquerido” (2015).

Como el cine lo fue todo para Diego Rísquez, también colaboró en gremios como Presidente por tres años de la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC), lo que le permitió dejar su huella en la reforma del Reglamento de la Ley de Cinematografía Nacional. Tuvo otros aportes en el mundo de las artes escénicas y plásticas de Venezuela, fue director de arte para “Roraima” (1993), “La voz del corazón” (1997) de Carlos Oteyza, “Piel” (1997) de Oscar Lucien, “Salserín, la primera vez” (1998) de Luis Alberto Lamata y de películas para la televisión francesa.

El cine fue diversión y evolución para Diego, fue un ejemplo de quien ama lo que hace hasta morir, puesto que planificaba otra producción, pero su situación de salud no se lo permitió, fallece en enero del 2018 por un tumor cerebral, dejando un gran legado. Fue y seguirá siendo una inspiración para muchos venezolanos, entregó una enseñanza de vivir por lo que se ama, buscando cada día el aprendizaje y deseando hacer más.


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