Blanca Reixach: entre la danza, la enseñanza y la poesía

Foto de cortesía.

Blanca Reixach: una vida tejida entre sueños, arte y memoria

Hay historias que no se cuentan, se sienten. Y conversar con Blanca Reixach es precisamente eso, una experiencia que va más allá de las palabras, donde cada recuerdo tiene textura, cada emoción tiene ritmo y cada frase parece salida de un poema.

La conozco, indirectamente, desde hace años. Es la mamá de una amiga, y quizás por eso esta conversación tiene algo distinto. Más cercano. Más humano. Como si, en lugar de una entrevista, estuviéramos sentadas en Congelados, escuchando una historia que se ha ido escribiendo con paciencia, con arte… y con muchísima sensibilidad.

Blanca se define como “una mujer creativa, soñadora y de gran imaginación”, y basta escucharla para entender que no es una frase hecha, sino una verdad que la ha acompañado desde siempre. Su vida ha estado marcada por esa necesidad de imaginar, de sentir, de crear. Incluso cuando eso significaba desconectarse del mundo que la rodeaba.

“Desde pequeña tenía serios problemas de concentración en las clases tradicionales del colegio por estar siempre soñando e imaginando… Era feliz viviendo en mi burbuja fantástica de cristal y por nada del mundo deseaba salirme de ella”.

Y es imposible no sonreír al escucharla, porque todos, en algún momento, hemos querido quedarnos en ese lugar donde todo es posible.

De la niña que soñaba en clases a la mujer que construyó su camino

Aunque nació en España, su historia está profundamente arraigada en Valera, estado Trujillo. Llegó siendo muy pequeña y fue allí donde construyó su identidad, su vocación y su vida.

Su conexión con el arte comenzó con la danza clásica. No como un pasatiempo, sino como una forma de expresión total. A los 17 años, cuando muchos apenas comienzan a descubrir qué quieren hacer, Blanca ya había fundado su propia escuela infantil de ballet en La Puerta.

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Pero el camino no fue lineal.

Uno de los momentos más determinantes de su vida ocurrió cuando, siendo adolescente, tuvo la oportunidad de ingresar a una compañía de ballet en Barcelona. Era, en muchos sentidos, el sueño hecho realidad. Sin embargo, sus padres decidieron no permitirlo.

“¡Yo estaba muy emocionada!… pero mis padres se opusieron rotundamente. Aquel momento fue muy difícil para mí… hoy en día lo comprendo”.

Y aquí es donde su historia da un giro que dice mucho de quién es.

En lugar de quedarse en lo que no pudo ser, decidió crear algo propio. Transformó la frustración en impulso, y ese sueño que parecía truncado tomó otra forma: enseñar, formar, compartir.

“¿Cómo lo enfrenté? Teniendo aceptación de la situación para posteriormente tener la ilusión de crear mi propia escuela de ballet… la cual se hizo realidad”.

La docencia: huellas que permanecen

Su formación como licenciada en Educación, mención inglés, y su especialización en Gerencia Educativa la llevaron a recorrer distintos espacios académicos, tanto públicos como privados.

Pero más allá de los títulos, lo que realmente define su etapa como docente es la huella emocional que dejó en sus alumnos.

Habla de ellos con una ternura que no se puede fingir.

“Tengo muchos alumnos inolvidables… todavía conservo las tarjetas de felicitación de Navidad de algunos de ellos, como también sus emotivas cartas”.

En tiempos donde todo parece efímero, esa imagen, la de alguien guardando cartas durante años, dice más que cualquier reconocimiento formal.

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La poesía como destino inevitable

Y entonces llega la poesía. No como algo nuevo, sino como algo que siempre estuvo ahí, esperando su momento.

Blanca cuenta que escribía desde joven, pero que muchas veces dejaba esos poemas ir, como si no fueran importantes. Como si todavía no fuera el tiempo. Hasta que lo fue.

“Mi vena como poeta estaba dormida… hasta que una noche afloró como una llamarada inextinguible”.

Desde entonces, la escritura se convirtió en un espacio más íntimo. Su refugio. Su forma de entenderse y de entender el mundo.

“Es de noche cuando realmente me siento libre… es la luna mi compañera quien con su luz me acompaña”.

Hay algo profundamente hermoso en esa imagen. En esa mujer que escribe en silencio, acompañada por la luz de la luna, dejando que las palabras fluyan como si siempre hubieran estado ahí. Y quizás así es.

“Hacer poesía es tocar la brisa con las manos, aun a sabiendas que es ella quien te acaricia el alma”.

Entre la belleza, la memoria y lo esencial

Cuando le pregunto por la lección más valiosa de su vida, no habla de logros, ni de metas alcanzadas. Habla de algo mucho más profundo.

Blanca Reixach
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“Reconocer la belleza intrínseca de cada ser… aquella que no se ve pero se siente”.

Y es ahí donde todo cobra sentido. Su forma de ver el mundo, de escribir, de recordar.

Su historia está atravesada por figuras que la marcaron profundamente: sus padres. De su padre, admira la sabiduría; de su madre, la capacidad de crear con las manos.

“Manos prodigiosas venidas de la luz del Creador”, dice, y uno entiende que esa sensibilidad viene de lejos.

Una vida que sigue escribiéndose

Hoy, Blanca Reixach se encuentra en un momento que ella misma describe como pleno. Escribe poesía, cuentos infantiles, y disfruta ese proceso con la tranquilidad de quien no tiene prisa. Hay un “antes” y un “después” muy claro en su vida.

“Un antes cuando todavía no había despertado en mí la magia de la poesía. Un después cuando puedes decir: ‘lo has logrado’”.

Y quizás ese logro no está solo en publicar libros o verlos en físico, aunque lo describe como “indescriptible”, sino en haber llegado a ese punto donde todo lo vivido encuentra su forma de expresarse.

El mensaje que queda

Antes de cerrar, le pido un consejo para los jóvenes venezolanos. Y su respuesta es tan honesta como todo lo que ha compartido.

“Que continúen por el camino de sus sueños… lo que no se logra muchas veces es porque no se intenta”.

No habla desde la teoría. Habla desde la experiencia. Desde los sueños que cambian de forma, pero no desaparecen.

Y quizás por eso, su frase esa que la define, resuena con más fuerza:

“Soy la rosa que florece bajo el sol, aunque su tallo esté marcado por el dolor que ofrecen las espinas al separarla del rosal”.

Al final, conversar con Blanca no es solo conocer su historia. Es recordar que hay vidas que se construyen desde lo sensible, desde lo artístico, desde lo profundamente humano.

Y que, a veces, los sueños no se cumplen exactamente como los imaginamos… pero encuentran la manera de quedarse.

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