
José Antonio Calcaño: el hombre que convirtió la música venezolana en memoria
Hablar de José Antonio Calcaño es hablar de música, pero también de historia, investigación, educación y cultura. Su trayectoria atravesó distintos espacios de la vida venezolana y dejó una huella que va mucho más allá de sus composiciones.
Compositor, crítico musical, pedagogo y diplomático, Calcaño dedicó buena parte de su vida a estudiar, interpretar y divulgar la música venezolana. Fue fundador de instituciones fundamentales para la vida musical del país, formó nuevas generaciones y dejó escritos que todavía permiten acercarse a la historia sonora de Venezuela.
Nacido en Caracas el 23 de marzo de 1900, murió en la misma ciudad el 11 de septiembre de 1978.
Una vocación que comenzó desde niño
La música llegó temprano a la vida de José Antonio Calcaño.
Entre 1904 y 1905 recibió sus primeras clases de piano y solfeo. Posteriormente continuó su formación en el Colegio Alemán Froebel de Caracas y, en 1912, comenzó a estudiar violonchelo con la profesora mexicana Mercedes Rivas, discípula del célebre maestro Pablo Casals.
Aunque llegó a inscribirse en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, abandonó esos estudios para dedicarse por completo a la música.
Su decisión lo llevó hacia una trayectoria que combinaría la creación artística con la investigación y la divulgación cultural.
Junto a Vicente Emilio Sojo y su primo Miguel Ángel Calcaño, formó parte del movimiento artístico “Renovación”, vinculado al proceso de transformación de la música académica venezolana durante las primeras décadas del siglo XX.
Fundador de una nueva etapa musical
En 1928, Calcaño fue miembro fundador del Orfeón Lamas y de la Orquesta Sinfónica de Venezuela, institución en la que participó como violonchelista. Ambos espacios serían fundamentales para el desarrollo de la música coral y sinfónica en el país.
Por esos años también comenzó a presentar sus propias composiciones para coro mixto, entre ellas Madrigal campestre y Canción pagana, estrenadas entre 1929 y 1930.
Pero Calcaño no se limitó a crear música.
También comenzó a ejercer como crítico y divulgador musical. Bajo el seudónimo de “Juan Sebastián”, escribió sobre música en diferentes periódicos, acercando este universo a los lectores y convirtiendo la crítica en otra forma de educación cultural.
El diplomático que nunca dejó de ser músico

La trayectoria de Calcaño tuvo una particularidad poco común: mientras desarrollaba su carrera musical, también ingresó al servicio diplomático venezolano.
Entre 1929 y 1932 trabajó en la Dirección de Gabinete del Ministerio de Relaciones Exteriores y, posteriormente, desempeñó funciones diplomáticas en Europa y en Estados Unidos. Durante su permanencia en Berna, asistió además a cursos del Conservatorio de Música de esa ciudad, ampliando su formación.
Fue cónsul de Venezuela en Dublín y Saint Louis, consejero de la Legación de Venezuela en Londres y ocupó diferentes responsabilidades en la Cancillería.
En 1945, como integrante de la delegación venezolana, fue parte de la conferencia fundadora de la Organización de las Naciones Unidas en San Francisco.
Pero incluso mientras representaba a Venezuela en el ámbito diplomático, la música continuaba formando parte de su vida.
Maestro, investigador y divulgador
Tras retirarse del servicio diplomático, Calcaño regresó a Venezuela en 1950 y retomó con fuerza su actividad cultural.
En 1951 fundó y dirigió el Conservatorio Teresa Carreño, puesto que mantuvo hasta 1959. También fundó la Coral Creole y el conjunto orfeónico Los Madrigalistas. Entre 1954 y 1964 fue profesor de Apreciación Musical en la Universidad Central de Venezuela y continuó ejerciendo como crítico musical.
Pero quizá uno de sus aportes más significativos fue su capacidad para llevar la música más allá de las salas de conciertos y de los espacios académicos.
Calcaño utilizó la radio y la televisión como herramientas de divulgación. En Radio Caracas Televisión presentó un programa de conciertos y posteriormente desarrolló “Por el mundo de la cultura”, espacio de charlas divulgativas que pasó por distintas emisoras y alcanzó una amplia audiencia.
En una época en la que la televisión comenzaba a convertirse en uno de los principales medios de comunicación del país, aquella labor permitió que la música y la cultura llegaran a públicos mucho más amplios.
Escribir la historia de una ciudad que también sonaba
José Antonio Calcaño entendió que preservar la música también implicaba escribir sobre ella.
Su producción bibliográfica incluye títulos como Contribución al estudio de la música en Venezuela, La ciudad y su música: crónica musical de Caracas, 400 años de música caraqueña, La cultura musical en Venezuela y trabajos dedicados a figuras como el padre Sojo y José Ángel Lamas.
Su libro La ciudad y su música recibió en 1958 el Premio Municipal de Literatura, reconocimiento que refleja la amplitud de su trabajo intelectual.
A través de sus investigaciones, Calcaño dejó algo más que información sobre compositores, instrumentos, obras y períodos musicales. Dejó una forma de mirar la cultura venezolana como un patrimonio que debía ser conocido y transmitido.
Una obra que permanece
Como compositor, Calcaño escribió obras para coro, el ballet Miranda en Rusia, una primera sinfonía que quedó inconclusa y el oratorio De profundis, dedicado a Simón Bolívar, entre otras piezas.
Sin embargo, reducir su legado a sus composiciones sería insuficiente.
Su verdadera dimensión aparece cuando se observa el conjunto de su trayectoria: músico, fundador de instituciones, profesor, crítico, investigador, escritor, divulgador y diplomático.
Cada una de esas facetas contribuyó de alguna manera a construir y preservar el patrimonio cultural venezolano.
La memoria también se escribe con música
José Antonio Calcaño murió en Caracas el 11 de septiembre de 1978, a los 78 años.
Décadas después, su nombre permanece ligado a instituciones, publicaciones y obras que forman parte de la historia cultural del país.
Pero quizá uno de sus mayores legados sea una idea que atraviesa toda su trayectoria: la música también cuenta la historia de una nación.
Una canción puede conservar una época. Una partitura puede guardar una tradición. Un libro puede rescatar del olvido a un compositor. Una clase puede despertar en otra persona el interés por aquello que parecía destinado a desaparecer.
Calcaño trabajó en todos esos espacios.
Por eso, recordarlo no es solamente rendir homenaje a un compositor venezolano. Es reconocer a un hombre que dedicó su vida a que Venezuela pudiera escuchar, estudiar y comprender su propia música.
Y mientras sigamos buscando en nuestras canciones las historias que nos definen, la obra de José Antonio Calcaño seguirá sonando.
Porque preservar la música también es preservar la memoria de un país.
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