Cuando informar también fue una forma de ayudar tras el doblete sísmico | Archivo de la Memoria Venezolana

Cuando informar también fue una forma de ayudar

El 24 de junio de 2026, Venezuela no solo enfrentó dos movimientos sísmicos consecutivos. También enfrentó la necesidad inmediata de saber qué pasaba.

¿Dónde había colapsos? ¿Quién necesitaba ayuda? ¿Qué vías estaban afectadas? ¿Qué hospitales estaban funcionando? ¿Dónde estaban los familiares que no respondían?

En las primeras horas de una emergencia, cada respuesta puede ser determinante. Y cuando las comunicaciones presentan dificultades, obtener información confiable se convierte en una necesidad tan urgente como encontrar agua, atención médica o un lugar seguro.

En medio del doblete sísmico, periodistas, fotógrafos, medios de comunicación y ciudadanos comenzaron a registrar y compartir lo que ocurría. Los teléfonos móviles se transformaron en cámaras, herramientas de reporte y canales para pedir ayuda. Cada fotografía, video, llamada o testimonio podía convertirse en una pieza más para comprender la magnitud de lo ocurrido.

El periodismo, en ese contexto, adquirió una dimensión particularmente humana: ayudar a una sociedad a entender lo que estaba viviendo mientras todavía estaba ocurriendo.

Un país intentando verse a sí mismo

Los videos grabados por ciudadanos comenzaron a circular desde el mismo 24 de junio. Muchos mostraban edificios afectados, calles, zonas de rescate, personas buscando familiares y comunidades organizándose para responder a la emergencia.

EL PAÍS documentó cómo ese material permitió conocer testimonios de sobrevivientes, víctimas, rescatistas y voluntarios, y ayudó a construir una primera imagen de lo que pasaba en distintos puntos del país.

Pero existe una diferencia fundamental que vale la pena conservar en la memoria de esta tragedia: un video ciudadano es un testimonio; el periodismo comienza cuando ese material es contrastado, contextualizado y verificado.

La ciudadanía fue fundamental para documentar lo que sucedía. Los periodistas, por su parte, tuvieron la responsabilidad de convertir parte de esa información dispersa en relatos comprensibles, comprobados y contextualizados.

Ambas formas de registro terminaron formando parte de la memoria de aquellos días.

La radio mantuvo encendida la conversación

 

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Cuando las redes sociales y las comunicaciones telefónicas enfrentan dificultades, medios tradicionales como la radio recuerdan una importancia que muchas veces pasa desapercibida en la vida cotidiana.

Durante la emergencia, periodistas y comunicadores buscaron mantener abiertos los canales de información con las comunidades afectadas. Entre ellos estuvo el periodista Román Camacho, cuya cobertura se convirtió en un ejemplo del trabajo realizado por numerosos comunicadores durante aquellos días.

Según EL PAÍS, Camacho comenzó a transmitir desde edificios colapsados de Caracas y La Guaira el mismo día del terremoto, cuando las comunicaciones telefónicas presentaban grandes dificultades. Su trabajo consistió en conversar directamente con sobrevivientes y rescatistas, recoger sus experiencias y mostrar desde el terreno lo que estaba ocurriendo.

No se trataba únicamente de contar que un edificio había colapsado. Era escuchar a quienes estaban allí. Era ponerles voz a quienes buscaban a un familiar, a quienes participaban en las labores de rescate y a quienes intentaban reconstruir, en medio del caos, una explicación de lo sucedido.

Y su cobertura también dejó espacio para historias que, aunque podían parecer pequeñas frente a la magnitud del desastre, formaban parte de él.

En uno de sus recorridos llegó hasta un refugio en La Guaira donde más de 400 perros y gatos sobrevivientes esperaban reencontrarse con sus dueños o encontrar un nuevo hogar.

Porque una catástrofe no afecta únicamente a las grandes estructuras. También altera las historias cotidianas de personas y animales que, de un momento a otro, dejan de saber dónde está su casa.

Los periodistas en el terreno

La cobertura no estuvo únicamente en manos de los grandes medios.

Periodistas locales, reporteros de sucesos, fotógrafos, corresponsales y comunicadores independientes recorrieron calles, hospitales, refugios y zonas de rescate para documentar lo que estaba sucediendo.

Una emergencia de esta magnitud tiene una particularidad: el periodista no observa el desastre desde afuera.

Trabaja mientras las condiciones continúan siendo inestables. Se acerca a personas que acaban de perder sus viviendas, sus pertenencias o a seres queridos. Debe decidir qué imágenes mostrar, qué testimonios publicar y cómo contar una tragedia sin convertir el sufrimiento en espectáculo.

La cobertura de un desastre exige rapidez, pero también criterio.

Una fotografía puede ayudar a dimensionar los daños, pero también puede vulnerar a una víctima. Un testimonio puede permitir comprender lo sucedido, pero debe ser tratado con cuidado. Una transmisión en vivo puede ofrecer información valiosa, pero también puede revelar la ubicación de personas vulnerables o interferir con labores de rescate.

Informar durante una emergencia implica, por tanto, una responsabilidad adicional: contar lo que está ocurriendo sin olvidar que detrás de cada imagen existe una persona atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida.

Cuando la necesidad de información también abre la puerta a la desinformación

 

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Pero esa necesidad urgente de saber qué estaba ocurriendo tenía otra cara.

En momentos de incertidumbre, los rumores pueden avanzar con la misma velocidad que la información verdadera. Una fotografía antigua puede presentarse como una imagen del terremoto. Un video de otro país puede circular como si hubiera sido grabado en Venezuela. Una cifra sin confirmar puede convertirse en un supuesto dato oficial después de ser compartida miles de veces.

Y cuando una sociedad está buscando desesperadamente respuestas, es mucho más difícil detenerse a comprobar cada publicación.

Las fake news durante una emergencia no son un problema menor. Una información falsa sobre una persona desaparecida puede generar angustia en una familia. Una alerta falsa sobre el colapso de una infraestructura puede provocar desplazamientos innecesarios. Un supuesto centro de acopio que no existe puede hacer perder tiempo y recursos a quienes intentan ayudar.

Por eso, verificar también es una forma de solidaridad.

Antes de compartir una publicación, conviene preguntarse quién la publicó originalmente, cuándo fue registrada la imagen o el video, si otros medios o fuentes confiables confirman la información y, especialmente, si el contenido presenta hechos comprobados o simplemente reproduce un rumor.

La velocidad no debería estar por encima de la verdad.

La responsabilidad de dejar un registro

Con el paso de los días, las transmisiones, fotografías, videos, entrevistas y testimonios comenzaron a convertirse en algo más que información de emergencia. Se transformaron en memoria.

Cada registro permitió conservar una parte de lo ocurrido: el momento del impacto, los edificios afectados, las labores de rescate, la organización de las comunidades, los testimonios de quienes sobrevivieron y también las historias aparentemente pequeñas que terminaron formando parte de una tragedia colectiva.

El periodismo y la comunicación ciudadana cumplieron entonces dos funciones diferentes, pero complementarias. Mientras las personas registraban y compartían aquello que tenían frente a sus ojos, los comunicadores tenían la responsabilidad de investigar, contrastar y contextualizar.

En una catástrofe, informar puede ayudar a encontrar a una persona, orientar a una comunidad, visibilizar una necesidad o movilizar recursos. Pero también puede ayudar a algo que solo comprendemos con el paso del tiempo: recordar.

Porque cuando los edificios vuelven a levantarse, las calles recuperan su movimiento y la emergencia deja de ocupar los titulares, quedan las historias. Y contar esas historias con responsabilidad también es una forma de reconstruir.

Nota editorial de fuentes

Esta crónica fue elaborada a partir de reportes técnicos, balances institucionales y coberturas periodísticas publicadas en días posteriores al doblete sísmico del 24 de junio de 2026. Las cifras y datos corresponden a los registros disponibles al cierre editorial de esta edición.

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