Cuando ayudar no termina: historias de solidaridad en Venezuela

Las historias de quienes decidieron tender una mano

Después del 24 de junio, mientras Venezuela intentaba dimensionar lo ocurrido en Caracas, La Guaira y otras zonas afectadas, miles de personas encontraron distintas maneras de ayudar.

Algunos abrieron centros de acopio. Otros clasificaron ropa, cargaron camiones, llevaron alimentos o cruzaron el país para entregar donaciones. Hubo quienes organizaron búsquedas desde un teléfono, crearon plataformas digitales, conectaron familias, llevaron arte a los refugios o simplemente preguntaron qué hacía falta y buscaron la manera de conseguirlo.

No todos estuvieron en el lugar de la emergencia. No todos tenían recursos. No todos sabían exactamente qué hacer. Pero encontraron una forma de estar.

Estos son algunos de sus testimonios. Voces distintas, desde distintos lugares de Venezuela y del mundo, que recuerdan que la solidaridad puede tomar muchas formas y que, incluso después de las primeras horas de una tragedia, todavía hay personas que siguen tendiendo la mano. 

La distancia no fue un límite

Cortesía de Joselyn Contreras.

En Táchira, esa necesidad de hacer algo encontró rápidamente un lugar para convertirse en acción. En la Universidad de Los Andes, estudiantes, profesores, trabajadores y personas que simplemente querían colaborar se reunieron alrededor de cajas, bolsas, ropa, alimentos y juguetes.

Sebastián Lizcano, estudiante de Comunicación Social, llegó al centro de acopio de la ULA Táchira y se quedó trabajando durante los días siguientes. Recibía y clasificaba donaciones, marcaba cajas y ayudaba a cargar los camiones que posteriormente viajarían a Caracas y La Guaira. Recuerda que allí no solo participaron estudiantes: también llegaron profesores, trabajadores y personas ajenas a la universidad. Algunos prestaron sus vehículos para transportar las donaciones y otros incluso viajaron personalmente a las zonas afectadas.

Para él, aquella experiencia terminó por representar algo más que una jornada de voluntariado. Fue una manera de cumplir con lo que considera un “deber como tachirense”, pero también una demostración de que la solidaridad podía convertir un espacio universitario en un punto de encuentro para todo un país.

Algo similar vivió Lucía Figueredo, estudiante de Administración. Desde los primeros días se incorporó al centro de acopio, donde ayudó a organizar y empacar ropa y alimentos. Allí vio repetirse escenas que marcaron aquellos días: personas que llegaban con donaciones, vehículos que se ofrecían para trasladarlas y voluntarios que permanecían hasta tarde mientras otros les llevaban comida y refrigerios.

La ULA, dice, terminó convirtiéndose en un “refugio de solidaridad”. Y aquella experiencia le hizo entender que la universidad podía ser también un espacio de “compromiso genuino con nuestra gente y con nuestro país”.

Para otros, ayudar comenzó incluso antes de saber exactamente cómo hacerlo.

Cortesía de Joselyn Contreras.

Joselyn estaba en casa terminando un trabajo universitario cuando sintió que el mueble se balanceaba levemente. No le dio importancia hasta que comenzaron a circular las noticias. Cuando la Universidad de Los Andes abrió su centro de acopio, no dudó en sumarse. Durante los primeros días ayudó a clasificar y empaquetar ropa, hasta que al quinto día propuso, junto a un compañero, abrir un área para recibir juguetes.

La respuesta fue inmediata: llegaron cajas, peluches, material didáctico y hasta niños que entregaban sus propios juguetes acompañados de cartas de amor y aliento. “Eso era un abrazo al corazón”, recuerda Joselyn. Aquella experiencia cambió también su manera de entender la solidaridad: “El ser venezolana para mí tomó otro significado y es la empatía, el amor, el que nadie se quedará solo porque un venezolano mueve mar y tierra por ayudar a sus hermanos.”

Un estudiante de la ULA Táchira trabajaba en una pizzería de San Cristóbal cuando comenzó a circular la información sobre el terremoto. Al principio pensó que las primeras noticias podían ser exageradas, hasta que empezaron a aparecer videos de edificios colapsados y de personas desaparecidas. La preocupación por su propia familia dio paso rápidamente a la necesidad de actuar.

Desde el 25 de junio, se incorporó al centro de acopio de la ULA, donde recibió donaciones y coordinó voluntarios. También ayudó a difundir información sobre las personas afectadas y las necesidades en La Guaira. En uno de los primeros días, acudió a Protección Civil para colaborar en la descarga de aproximadamente 9 camiones de ropa, agua y alimentos no perecederos.

Pero su ayuda no terminó en Táchira. Posteriormente, viajó por cuenta propia hasta La Guaira, donde contribuyó a visibilizar casos de familias que aún esperaban información sobre personas desaparecidas y realizó entrevistas con funcionarios de Protección Civil y Bomberos de Bolívar.

Su recorrido resume una de las características que atravesaron muchas de estas historias: la ayuda podía comenzar muy lejos del lugar afectado y terminar llegando directamente hasta allí.

También, desde el centro de acopio estuvo Mileydi Rivas, quien recuerda especialmente la disposición de quienes donaban lo que podían y de quienes llevaban comida para los voluntarios. No importaba si la contribución era grande o pequeña. La preocupación por los demás también se extendió a los animales: perros y gatos formaron parte de las necesidades que algunas personas intentaron atender.

Y esa cadena llegó hasta Rubio. Darwin Buitrago, estudiante y periodista, recuerda que ese mismo día se activó un centro de recolección en la sede de la Alcaldía del municipio Junín. Jóvenes voluntarios recorrieron distintas comunidades en camiones para pedir alimentos, productos de higiene, ropa, medicinas, agua e incluso  comida para animales.

Lograron reunir cinco camiones junto a otras instituciones y trasladaron las donaciones hasta Caracas y La Guaira, donde también participaron en su entrega. 

Pero entre todas las imágenes de aquellos días, una permanece especialmente presente para Darwin: la de una mujer de unos 90 años que llegó, apoyada en su bastón con un kilo de arroz, una lata de sardinas y una harina.

“Fue un gesto de desprendimiento y humanidad que nos dejó a todos reflexionando en cuanto al nivel de humanidad que tenía esa abuela.”

Para él, aquella escena terminó por resumir el espíritu de muchas de las personas que participaron. Gente que clasificaba ropa, preparaba bolsas de comida, revisaba medicamentos, pesaba alimento para perros, llevaba café a los voluntarios y encontraba alguna manera de contribuir.

Después de recorrer durante más de 24 horas la distancia entre Táchira y el centro del país, la conclusión fue sencilla:

“No importa la distancia cuando se trata de ayudar a otro venezolano.”

No todo lo que hacía falta cabía en una caja

Cortesía de Diego Almao.

En Caracas, las formas de ayudar también fueron diversas. Algunas personas llegaron a los centros de acopio. Otras se acercaron a comunidades que habían tenido que abandonar temporalmente sus viviendas. Y hubo quienes encontraron en aquello que sabían hacer una manera distinta de acompañar.

Diego Almao, sociólogo, colaboró con donaciones en centros de acopio de Altamira y posteriormente asistió a una comunidad de la avenida Solano que había tenido que evacuar temporalmente. Más adelante también llevó ayuda a personas afectadas que se encontraban en un campamento cercano al Panteón Nacional.

Durante esos días vio cómo las comunidades comenzaban a organizarse por sí mismas. Recuerda especialmente el caso de su amigo Ramsés, quien difundió información sobre edificios afectados en Los Palos Grandes y posteriormente viajó hasta La Guaira para colaborar.

Para Diego, aquella experiencia mostró la capacidad de la sociedad para articularse en momentos límite y apoyarse cuando la respuesta institucional no resulta suficiente.

Isis Villasmil, periodista y presidenta de la fundación Dejando Huellas por Venezuela, vivió el terremoto desde Macuto y se desplazó posteriormente por diferentes zonas afectadas.

Cuando se le pregunta qué palabra resume la solidaridad que encontró, responde con cuatro: “Amor, fe, esperanza, hermandad.”

Cuando crear fue otra manera de abrazar

Pero no todas las necesidades podían resolverse con alimentos, ropa o medicinas. Para algunas personas, especialmente los niños, también hacía falta recuperar por un momento la posibilidad de jugar.

Primavera Méndez, ilustradora y estudiante de diseño, vivió el terremoto desde San Bernardino. Aunque donde se encontraba no hubo daños graves, el miedo fue intenso y durante un tiempo no logró comunicarse con familiares y amigos.

Unas dos semanas después se incorporó a un centro de recolección en Los Magallanes de Catia y posteriormente comenzó a colaborar con Pana, iniciativa de Amigos del Noveno Arte que llevaba actividades artísticas hasta refugios de Caracas y La Guaira.

Allí dibujó y pintó con niños, jóvenes, adultos y personas mayores. En uno de los primeros refugios participó en una actividad de serigrafía. Mientras ayudaba a una niña, recibió uno de esos momentos pequeños que terminan quedándose para siempre.

La niña la abrazó mientras limpiaba y le dijo: “Muchas gracias por venir hoy a ayudarme a hacer mi stich.”

Cortesía de Primavera Méndez.

 

Para Primavera, ese momento resumió lo que significaba llevar arte a un refugio: no era únicamente pintar. Era estar allí.

Juan Luis Serra Romero, artista plástico, también llegó a La Guaira varias semanas después, como parte de la iniciativa #milcorazonesporvenezuela de Recicrear Venezuela, en la USB de Camurí.

Su herramienta fue igualmente un pincel. Trabajó con niños, jóvenes y adultos en actividades que buscaban rescatar “ese niño interior” que, en medio de una emergencia, podía quedar completamente relegado.

Recuerda especialmente a algunos miembros muy jóvenes de la Guardia Nacional que participaron en las actividades y por un momento pudieron desconectarse de la realidad del refugio.

El arte, en ese contexto, funcionó como una forma de catarsis. Y para Juan Luis tampoco significó una acción de una sola vez: continúan llevando actividades artísticas a refugios de La Guaira y esperan hacer lo mismo próximamente en Caracas.

Victoria Rengifo encontró otra forma de acompañar. Dos semanas después del terremoto, junto a su pareja y una amiga que se encontraba en Chile, comenzó a elaborar juguetes sensoriales para niños y adolescentes neurodivergentes utilizando materiales reciclados y diferentes texturas.

La idea nació de pensar en quienes, además de perder espacios y objetos cotidianos, también habían visto desaparecer de un momento a otro sus rutinas y rituales.

Su reflexión parte de una pregunta sencilla pero profunda: “¿Está bien esa persona que tengo al lado?”. Y de otra que la acompaña desde entonces: “¿Si a mí esto me afectó, cómo le habrá afectado a esta otra persona?”.

Para Victoria, la solidaridad nace precisamente de entender que “el otro siente como yo”.

Detrás de cada dato había una persona

Cortesía de Victoria Rengifo.

Y mientras unos estaban físicamente en los refugios o en los centros de acopio, otros ayudaban desde una pantalla.

Una parte importante de esa respuesta nació en redes sociales, grupos de WhatsApp y comunidades digitales que comenzaron a organizar información sobre desaparecidos, hospitales, refugios, transporte y necesidades.

Kelly Delgado, estudiante, diseñadora y creadora de contenido, se encontraba en el lanzamiento de un libro en Café Bordes, en San Cristóbal, cuando comenzó a enterarse de lo ocurrido en Caracas y La Guaira.

La falta de conexión le impedía dimensionar lo que estaba sucediendo. Pero había una preocupación mucho más personal: no lograba comunicarse con su padre, con quien había retomado contacto dos años antes. Durante un tiempo pensó que podía haber muerto.

Cuando finalmente consiguió comunicarse con él, llegó el alivio. Pero también comenzó otra búsqueda.

Kelly empezó a moverse entre Instagram, WhatsApp, Telegram y distintas páginas para intentar encontrar información. Quería viajar hasta La Guaira, pero comprendió que sus conocimientos podían ser más útiles desde donde estaba.

Entró en grupos de WhatsApp, encontró a familias desesperadas buscando información y comenzó a organizar listas de personas desaparecidas y hospitalizadas en archivos de Excel. Después ayudó a crear grupos por edificios y comunidades para conectar a familiares.

Durante los primeros quince días llegó a dormir apenas entre tres y cinco horas.

Cortesía de Kelly Delgado.

 

Una frase explica mejor que cualquier otra su motivación:

“Si fuese mi madre, quisiera que movieran cielo y tierra para encontrarla.”

Así llegó también a Topos Digitales por Venezuela, una red integrada por jóvenes que, desde diferentes lugares del mundo, buscaban a personas que ni siquiera conocían.

Allí conoció historias como la de Oriana, quien no solo ayudaba a encontrar información, sino que llegaba con abrazos, comida, hidratación y suministros.

“Ella da los abrazos que todos quisimos dar.”

Kelly había pensado durante mucho tiempo que Venezuela estaba dividida. Después de aquellos días, vio algo distinto: “se rompieron sus muros y miles de corazones alrededor del mundo”.

En esa misma red participó Angie Espinoza, ingeniera de Machiques, Zulia. Desde lejos ayudó a desarrollar soluciones digitales y logísticas para personas afectadas: páginas para buscar información, transporte hacia refugios y distribución de recursos.

En uno de los momentos de mayor actividad, la red llegó a gestionar hasta 700 comidas diarias para personas afectadas y voluntarios.

También hubo tareas mucho más difíciles, como la elaboración de libros destinados al reconocimiento de cuerpos.

“Lo volvería a hacer una y mil veces. Aún seguimos ayudando.”

Desde Caracas, un desarrollador decidió utilizar sus conocimientos tecnológicos de una manera similar. Apoyó a organizaciones y proyectos de código abierto que centralizaban información y recaudaban fondos; colaboró en páginas de WordPress, integraciones con Donorbox y herramientas para conectar distintas iniciativas.

La comunidad tecnológica venezolana también comenzó a organizarse. Dev3Pack impulsó un hackathon para desarrollar soluciones y plataformas que pudieran responder a las necesidades surgidas después de la emergencia.

Pero entre códigos, formularios y grupos de mensajería, también quedaron imágenes difíciles de olvidar. Entre ellas, la de mujeres mayores, algunas de más de 60 años, descansando sobre automóviles mientras otras personas les daban agua, las abanicaban y trataban de calmarlas mientras lloraban, hiperventilaban o intentaban procesar lo ocurrido.

La tecnología permitió encontrar personas y organizar recursos. Pero detrás de cada dato seguía existiendo alguien.

Cortesía de Juan Luis Serra Romero.

Lo que permanece

Hay quienes ayudaron durante unas horas y quienes llevan meses haciéndolo. Hay quienes estuvieron frente a los escombros y quienes nunca pudieron acercarse físicamente a las zonas afectadas. Algunos llevaron alimentos; otros ofrecieron sus conocimientos, sus vehículos, sus redes, sus manos o simplemente su tiempo.

No todas las historias tienen la misma extensión. Tampoco todas las formas de ayudar fueron iguales.

Pero hay algo que las atraviesa.

La solidaridad no terminó cuando pasaron los primeros días.

Sigue en quienes continúan bajando a La Guaira. En quienes llevan arte a un refugio. En quienes organizan donaciones. En quienes siguen conectando personas. En quienes preguntan qué hace falta y buscan la manera de conseguirlo.

Porque una emergencia puede dejar de ocupar los titulares y seguir existiendo en la vida de quienes todavía necesitan ayuda.

Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes que dejan estas voces: ayudar no fue solamente una reacción frente a una tragedia. Para muchos venezolanos, se convirtió en una decisión que todavía continúa.

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