Después del temblor

Hay historias que uno termina de contar, pero no necesariamente de procesar.
Quizás por eso escribir esta edición fue distinto.
Durante estas semanas hemos vuelto una y otra vez al 24 de junio. Hemos revisado cifras, testimonios, fotografías, videos y relatos de personas que estuvieron allí. Hemos buscado nombres, reconstruido momentos y tratado de entender qué ocurrió después de esos segundos que cambiaron la vida de tantas personas.
Pero llega un punto en el que los datos dejan de ser suficientes.
Porque detrás de cada cifra hay un rostro. Detrás de cada rescate, alguien que esperaba. Detrás de cada historia de solidaridad, hay alguien que decidió hacer algo cuando todavía no sabía cómo terminaría aquel día.
Y quizás eso sea lo que más permanece. No solo el ruido del terremoto, sino todo lo que vino después.
La mano que se extendió entre los escombros. La motocicleta que salió a recorrer las calles cuando todavía no había claridad sobre lo ocurrido. El rescatista que continuó buscando. El periodista que siguió preguntando. El voluntario que llevó comida. La persona que abrió una puerta. Aquel que buscó a un animal perdido. Quien simplemente se quedó acompañando a alguien que tenía miedo.
Algunas de esas historias llegaron hasta nosotros y otras, probablemente, nunca lo harán. Y está bien.
Un archivo de memoria no puede contenerlo todo. Pero sí puede intentar dejar una huella de aquello que no debería desaparecer cuando las noticias dejen de hablar del terremoto.
Mientras escribía estas páginas, pensé varias veces en algo que también ocurre con los libros: hay historias que uno lee y olvida los detalles, pero conserva para siempre la sensación que dejan.
Quisiera que esta edición funcionara así.
Que dentro de algunos años, cuando alguien vuelva a estas páginas, no encuentre solamente el registro de una tragedia. Que encuentre también el retrato de un país que, incluso herido, siguió moviéndose.
Porque eso fue lo que encontramos cuando decidimos mirar más allá de los escombros.
Encontramos miedo, sí. Encontramos pérdidas que todavía duelen. Pero también encontramos personas. Y quizá esa sea la parte de esta historia que más me cuesta soltar.
Porque después de tantas páginas, de tantos testimonios y de tantas imágenes, resulta imposible no pensar que el terremoto también nos dejó una pregunta: ¿qué hacemos cuando todo tiembla?
La respuesta no recayó en una sola persona. Estuvo en muchas.
En quienes corrieron hacia el lugar del que otros intentaban salir. En quienes ofrecieron lo que tenían. En quienes hicieron de su profesión una herramienta para ayudar. En quienes no tenían ninguna obligación de hacerlo y, aun así, estuvieron allí.
Tal vez por eso este no sea realmente un punto final.
Las ciudades seguirán reconstruyéndose. Las familias seguirán intentando recuperar su cotidianidad. Algunas heridas tardarán mucho más que otras en cerrar. Y seguramente vendrán nuevos capítulos que todavía no conocemos.
Pero habrá algo que sí podemos decidir conservar.
La memoria.
No para vivir eternamente aquel 24 de junio, sino para recordar quiénes fuimos después de él.
Porque una nación también se reconstruye cuando decide recordar. Cuando transforma el dolor en memoria y la memoria en conciencia. Cuando mira hacia atrás, no para quedarse en la tragedia, sino para comprender lo que fue capaz de hacer en medio de ella.
Esta edición es, por eso, nuestro pequeño aporte. Una manera de decir que estuvimos aquí. Que lo vimos. Que nos dolió. Que también tuvimos miedo.
Pero que, entre los escombros, encontramos algo que ningún terremoto pudo derribar: la voluntad de los venezolanos de tenderse la mano.
Y mientras exista memoria, esas manos seguirán allí.
Facebook: venezolanosilustres
Threads: @vene.ilustres
Instagram: vene.ilustres
LinkedIn: venezolanosilustres







